Como
todas las tardes se dirigió a su despacho pertrechado con todo lo necesario
para ocuparse en pasarlo bien escribiendo. Encendió el ordenador y mientras se
cargaba se dirigió a la pequeña Discoteca que ocupaba un lugar central en su
Biblioteca. Pasó cuidadosamente el dedo índice por los lomos de los discos
mientras inclinaba la cabeza para leer los títulos y se paró en un ejemplar con
© 1989 The Decca Record Company Limited, London y editado en España por
Polygram Ibérica, S.A., titulado Tutto
Pavarotti, que era una selección de las mejores arias y canciones de
Luciano Pavarotti, incluyendo la canción
«Caruso», de Lucio Dalla, en la que el histórico tener napolitano, al
final de su carrera, abraza a la mujer que ama mientras contemplan la bahía de
Sorrento.
Abrió
el tocadiscos y comenzó con la liturgia preceptiva para escucharlo: sacó con
sumo cuidado el disco de su envoltorio, metió el dedo índice de la mano
izquierda en el agujero central mientras con la mano derecha pasaba con mucho
mimo un paño antipolvo de microfibra. Levantó el protector contra el polvo del
tocadiscos; colocó el disco, con la cara A hacía arriba, en el plato; accionó
el interruptor a 33 rpm; levantó
cuidadosamente el brazo del tocadiscos y lo posicionó en el comienzo del disco;
bajó el brazo lenta y firmemente hasta depositarlo en los surcos del principio……
« Qui dove il mare luccica e tira forte
il vento…. ». Comenzó a sonar en la inigualable voz de Pavarotti.
Del
mueble bar, modelo Art Decó, sacó una copa de licor y una botella de cristal modelo Opalo 200 con
tapón de corcho que utilizaba para guardar las mistelas a las que era tan aficionado.
Se decantó por una de Ruda por sus propiedades digestivas. Se sentó en la mesa
delante del ordenador, se sirvió una copa de mistela y fijó su mirada en el
jardín. Por la ventana de la derecha se apreciaban las diversas variedades de
orquídeas del género Cymbidium que embellecían el jardín en esta época del año.
Las tenía de casi todos los colores: verde, marrón, rojo, blanco, amarillo y
verde. Cogió la copa entre sus manos, la miró fijamente mientras le daba
vueltas; la acercó a su nariz para aspirar profundamente el aroma de la
mistela; bebió un trago y, mientras la
degustaba, se quedó ensimismado dándole vueltas a la idea que le llevaba
rondando por la cabeza desde hacía unos días.
Había
leído que «los abrazos y el contacto físico en general, reducen la producción
de una hormona llamada cortisol, la cual favorece el estrés. Al reducir esto se
aumenta la cantidad de serotonina y
dopamina, las cuales de inmediato producen sensaciones de bienestar y
tranquilidad». Estaba convencido de ello. En muchas ocasiones lo había
experimentado: la protección que produce un abrazo, la confianza que genera, la
seguridad que desprende, la fuerza que brinda. El abrazo físico tiene
propiedades emocionales y psicológicas. Recordaba los abrazos en la literatura.
«Los dos tenían escrita en la mirada la noche de desnudez en que soltarían las
amarras y naufragarían juntos» La mujer
habitada de Gioconda Belli; «Esa noche se sometió. Esa noche estaría cercada y
encerrada dentro del cuerpo fálico, como un huevo puesto dentro de una copa de
metal. Su libertad debería estar esa noche entre los pliegues del abrazo. Por
una vez, no tendría miedo…» La segunda Lady Chatterley, D.H. Lawrence; «Los
sabios han dicho que antes de la relación íntima, es necesario encender el
deseo del menos apasionado, a través de ciertos preliminares que incluyen
variados abrazos, caricias y besos» Ananga Ranga, Kaliana Malla.
Todo eso lo sabía. En
mayor o menor medida lo había experimentado. Pero lo que nunca había sospechado
era la sensación de bienestar y tranquilidad que le había aportado un abrazo
¡virtual! La intensidad no sólo era física sino espacial: llevaba varios días con
la misma sensación de bienestar, tranquilidad y placer que le había producido
dicho abrazo. Esta nueva experiencia lo tenía descolocado. Una y otra vez
habría el Whatsap para leer y releer la conversación que lo había provocado.
Ani, después de una larga, entretenida y amena conversación, cuando se iban a
despedir le dice,
-
Espera.
-
¿Sí?, le contesta él.
-
Dame un abrazo.
-
¡Ahí va!
-
¡Hum…..! ¡Qué bueno!
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